Aun después de nacer, el infante es apenas diferente de lo que era antes del nacimiento; no puede reconocer objetos, no tiene aún consciencia de sí mismo, ni del mundo como algo exterior a él. Solo siente la estimulación positiva del calor y el alimento, todavía no los distingue de su fuente: la madre.

La realidad exterior, las personas y las cosas, tienen sentido solo en la medida en que satisfacen o frustran  el estado interno  del cuerpo. Lo exterior solo es real en función de mis necesidades, nunca en función de sus propias cualidades o necesidades.

Cuando el niño crece y se desarrolla, se vuelve capaz de percibir las cosas como son. Aprende a percibir muchas otras como diferentes unas de otras,  cada una poseedoras de una existencia propia. En ese momento empieza a darles nombres. Al mismo tiempo aprende a manejarlas. Que el fuego es caliente y doloroso. Que el papel es liviano y se puede rasgar.

Aprende a manejar a la gente.  Que la mamá sonríe cuando él come. Que lo alza en sus brazos cuando llora. Todas esas experiencias se cristalizan o integran en la experiencia: “Me aman”. Me aman porque soy el hijo de mi madre. Me aman porque estoy desvalido. Me aman porque soy hermoso, admirable. Me aman porque mi mamá me necesita. Para utilizar una fórmula más general: Me aman por lo que soy, o quizá más exactamente, me aman porque soy.

Tal experiencia de ser amado por la madre es pasiva. No tengo nada que hacer para que me quieran, el amor de madre es incondicional. Todo lo que necesito es ser, ser su hijo. El amor de la madre significa dicha, paz, no hace falta conseguirlo, ni merecerlo. También es imposible producirlo, controlarlo.

Para la mayoría de los niños entre los ochos y medio a los diez años, el problema consiste casi exclusivamente en ser amado, en ser amado por lo que se es. Antes de esa edad, el niño solo responde con gratitud y alegría al amor que se le brinda.

A esa altura del desarrollo infantil, aparece en el cuadro un nuevo factor: un nuevo sentimiento de producir amor por medio de la propia actividad. Por primera vez, el niño piensa en dar algo a sus padres, en producir algo: un poema, un dibujo, o lo que fuere. Por primera vez en la vida del niño, la idea del amor se transforma de ser amado a amar, en crear amor. Muchos años transcurren desde ese primer comienzo hasta la madurez del amor.

Eventualmente, el niño, que puede ser ahora un adolescente, ha superado su egocentrismo, la otra persona ya no es primariamente un medio para satisfacer sus propias necesidades. Las necesidades de la otra persona son tan importantes como las propias; en realidad, se han vuelto más importantes. Dar es más satisfactorio, más dichoso que recibir; amar, aún más importante que ser amado.

Al amar, ha abandonado la prisión de soledad y aislamiento. Siente una nueva sensación de unión, de compartir, de unidad. Más aún, siente la potencia de producir amor, antes que la dependencia de recibir siendo amado –para lo cual debe ser pequeño, indefenso, enfermo o bueno –. El amor infantil sigue el principio: “Amo porque me aman”. El amor maduro obedece al principio: “Me aman porque amo”. El amor inmaduro dice: “Te amo porque te necesito”. El amor maduro dice: “Te necesito porque te amo”.

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